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martes, 12 de diciembre de 2017

Las historias


Como este es un blog de salud mental, hoy quiero detenerme un poco en algo tan significativo para nuestro "mundo mental" como las historias que lo construyen. Quienes hayan leído La historia Interminable estarán conmigo (y con Ende) en que en cierto modo todos somos ese Bastian que, tras renombrar a la Emperatriz Infantil, tiene ante sí esa enorme tarea de crear el mundo de su fantasía, con posibilidades infinitas, y con un sólo mandamiento (escrito en el Auryn, pero también hace unos siglos por San Agustin: HAZ LO QUE QUIERAS). Y con la responsabilidad de que todo lo valioso se cobra un precio...

Empezaré por distinguir tres tipos de historias en función de la relación entre quien las narra y quien las recibe: 

a) Tenemos las historias personales: ese relato que nosotros mismos nos hacemos, a modo de autobiografía que explique lo que hacemos, o de itinerario que nos señale lo que queremos hacer.  Son historias aparentemente pequeñas, que en muchos casos no ocuparán capítulos de "La Historia" pero pueden estar llenas de significado. Y son las que cambian el mundo. Los hombres sin historia son La Historia, nos dice Silvio en una canción. En psicoterapia reciben el nombre de narrativas, y son a menudo objeto de trabajo psicoterapéutico. Pero parafraseando a Ende, eso es otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión... (que les dedicaré otra entrada, vamos)

b) Tenemos las historias relacionales: esos relatos cotidianos que nos permiten comunicarnos con nuestros próximos (o remotos, si tienen WhatsApp) y ganar o compartir trocitos de atención, conocimiento, reconocimiento, desahogo o, simplemente, nos acercan a los demás. A estos ya les dediqué una entrada (al menos a la escucha de los mismos), y pronto haré otra sobre el arte de comunicarlos...

c) Y tenemos los relatos culturales. Esos que se independizan del emisor y el receptor, y adquieren entidad propia (en forma de canciones, cuentos, leyendas urbanas, noticias, mitos, etc...). A esa historia realmente interminable me quiero referir hoy. Allá vamos.












Desde la noche de los tiempos, el ser humano (tanto el solitario vagamundos como los grupos tribales familiares, militares, profesionales o religiosos) ha creado y, sobre todo, compartido historias.


Como diría mi querido Silvio...


Fui un trovador errante,
sombra por caminos sin almas.

Mis riquezas
fueron aquellos sitios
donde aprendían mis canciones,
y quienes me las mostraban,
vagabundos alrededor de sus hogueras,
iluminaciones de cirqueros y perros,
donde me convertía en una chispa transitoria,
disuelta en las remotas
antífonas que saben las cigarras.

Mi patria era la intemperie,
los acosados campos de clorofila elemental
y fauna en eclosión,
pero también era ceniza,
miércoles de lloviznas masticando
la hogaza sucia y nutritiva que comparte
el proscrito ordinario,
risueño y colosal,
entre las tibias, ocasionales
piernas de un cisne amaestrado.

Fui un trovador errante
y ahora,
tras el paso del tiempo,
soy quien enciende las hogueras,
quien convoca luciérnagas
y sabe el nombre de la chispa que salta
de la crepitación hacia la noche;
cometa de un universo diminuto
donde mi mano es la de Dios,
quiero decir,
la de un colosalmente viejo vagabundo,
con la mirada puesta en los senderos,
con la memoria abierta a la única
riqueza que le espera.

Susurraré mi historia a un trovador errante,
sombra en busca de almas,
para que la reparta junto a los fuegos
ocasionales, tibios, que depara el camino
a todos quienes sueñan con un cisne
salvaje.

Dejo aquí enlace al poema en voz de Silvio


Al principio eran relatos al calor de la hoguera. Luego se fueron elaborando de modo más complejo, y aparecieron las rapsodias (que hacían posible con su rima ser memorizadas), los cuentecillos infantiles, las representaciones teatrales,  las sombras chinescas, los escasísimos (antes de la imprenta) libros (venerados, claro, por su enorme valor), o los numerosísimos libros posteriores a la imprenta (inicialmente venerados, véase el siglo de Oro español, o Shakespeare, por la feliz primera difusión a gran escala de historias suficientemente universales), o, ya en el siglo XX y sus telecomunicaciones, las películas de cine, los seriales radiofónicos, las series de TV...

En estos tiempos postmodernos de redes instantáneas, postverdades (¿qué es eso, más que una mentira que miente hasta en su nombre?), y demás surge la fascinación ante personajillos endiosados o microhistorias virales (emociones muy sencillas, no mayores que otras que ocurren a nuestro lado, pero que se magnifican por el efecto multiplicador de los likes a escala mundial, como esa actuación de Susan Boyle cantando en Britains got talent, cual patito feo o cenicienta, o esa noticia de hoy mismo de la rabia hasta las lágrimas del niño que sufre acoso escolar por su aspecto físico como tristemente han sufrido millones de niños más, y que en respuesta recibe el apoyo de los superhéroes de Hollywood, aunque luego la historia se tambalee...), e incluso la seductora tentación de convertirse en adorable protagonista...








¿Y por qué sentimos esta fascinación por las historias? ¿Por qué nos atraen? Pues porque en esencia son valiosas. Nos aportan bienes (o lo aparentan, en el caso de las pseudohistorias postmodernas). Se me ocurren tres grandes aportes que nos dan, para empezar.





1. Nos sirven para alimentar el alma, para nutrir nuestra capacidad de soñar y de no conformarnos con el estado actual de las cosas. Para conservar ese idealismo del que hablaba en otras entradas, evitando la insensibilidad, la tibieza, y el conformarse con un así es la vida... Como diría Chesterton,  “Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos.”






2. Nos sirven también para desahogar, para sentirnos acompañados en la emoción de asombro ante lo grandioso, de ira ante lo injusto, de miedo ante lo que nos amenaza, de dolor ante lo valioso que perdemos, de satisfacción cuando las cosas salen como deberían salir y de repulsa cuando algo inauténtico está estropeando la armonía de la salud o la convivencia...

3. Y nos sirven, en tercer lugar, para aprender un poco más cómo funciona el mundo y como funcionamos nosotros.





En realidad, nuestra decisión no es si consumir o no historias. Siempre estamos generándolas o presenciándolas. Nuestra primera pregunta debería ser ¿de qué historias me voy a alimentar? Y la segunda ¿qué historia quiero vivir?. Pero como la segunda pregunta tiene que ver con el rumbo que tomamos, con el sentido que damos a nuestra vida, dejo sólo un enlace a las respuestas que he ido dejando en verso y prosa, y la promesa de una futura entrada específica.



Para acercarme a la primera pregunta, voy a clasificar las historias, según su contenido, en cuatro grandes grupos. Las dos primeras son literalmente reales (aunque a menudo puedan mentir), y las dos últimas son literalmente inventadas y fantasiosas (aunque a menudo puedan decir grandes verdades).


I. LAS NOTICIAS: son aquellas historias que nos informan de lo que está pasando en estos momentos, a menudo con dolor, o con temor, para que entre todos nos acompañemos. ¿Un consejo? Leerlas en diagonal. Titulares para echar un vistazo al mundo, y ya. ¿Por qué? Pues porque de lo contrario corremos el riesgo de insensibilizarnos, o de que nos "sensibilicen" interesadamente con medias verdades (ay, el pobre cigarrillo electrónico...). Sólo en aquellas que puedan tener relevancia en nuestras decisiones (por ejemplo, sobre nuestra salud, o sobre nuestra seguridad, o sobre cómo educamos a nuestros hijos) merece la pena ahondar. Y en ese caso, lo mejor no es simplemente leerse todo el artículo. Lo recomendable es contrastar fuentes.

II. LOS DOCUMENTALES: aquellas historias que nos informan de aquello que no es noticia, pero que también está pasando. Hoy en día tenemos acceso wikipédico a casi todo, podemos visitar googlemaps de cualquier parte, podemos ver mil y un reconstrucciones de episodios de la historia, o de ciencia, o de los peligros de tal o cual industria... Y a falta de la emoción natural que las noticias nos despiertan (por el hecho de ser "nuevas"), estas historias tratarán de despertarnos otras emociones... Personalmente, de las seis emociones básicas (asombro, alegría, miedo, tristeza, ira o repulsa) claramente prefiero aquellos documentales que despiertan el asombro (las que me hacen aprender algo valioso, o maravillarme) y la alegría. Y en caso de abordar alguno de los temas que hieren nuestro mundo y despiertan repulsa, miedo, ira o dolor, aquellos que lo hacen sin recrearse en lo morboso, con respeto, y señalando también algo realista que podamos hacer al respecto.

III. LA FICCIÓN MENOR O DE ENTRETENIMIENTO: serían aquellas historias que nos ayudan a recuperar la calma, a desahogar emociones mientras vemos al bueno cazar a los malos, o a la pareja imposible encontrar el amor verdadero, o a la buena gente amenazada esquivar a última hora el peligro, o al tenaz buscador encontrar el tesoro... Nos ayudan a sonreír ante el ridículo, o a sonreír de satisfacción ante lo sencillo o lo resuelto. También merecen un tiempo, claro está, como esos aperitivos para la mente, o esa higiene mental tan necesaria, pero merece la pena evitar aquellas que se limiten simplemente a excitar otras emociones (dramones, culebrones, realities de emoción exagerada o que buscan exponer basura ajena para que el espectador mediocre se sienta superior) o incluso a excitar la risa a costa de lo digno...

IV. LA FICCIÓN MAYOR: Serían aquellas que de manera metafórica alimentan los grandes sueños de cada persona y de la humanidad en su conjunto: la justicia, el amor, la libertad, el heroísmo... Hoy en día, vivimos una profusión de este tipo de historias "grandes", hasta el punto de que en cierto modo se está creando una cierta mitología actual, universal, a base de series y sagas de películas. Los superhéroes de Marvel o DC, los personajes de la Tierra Media de Tolkien, los disputadores del Trono de Poniente, los aprendices de mago de Howgharts, los rebeldes de las guerras galácticas, los supervivientes de la epidemia zombie, e incluso los niños protagonistas de cosas extrañas en el otro lado... son hoy en día los nuevos habitantes del Partenón postmoderno, estrellas mediáticas de constelaciones actuales y reconocibles... Hace un año dediqué una entrada a dos de esas historias universales, y hoy quiero citar las palabras de otra de esas obras que siguen conmoviendo a generaciones de todo el mundo, en boca de uno de sus personajes (el bueno de Samsagaz Gamyi) 







Pero henos aquí, igual que en las grandes historias, señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros. Ésas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo, señor Frodo, que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo.
Frodo
¿Por qué luchas tú ahora, Sam?
Sam
Para que el bien reine en este mundo, señor Frodo. Se puede luchar por eso.




Este cuarto grupo es tan importante que merece la pena cumplir tres grandes reglas (como en los Gremlins...): 

La primera es no abusar de estas historias: cada uno sabrá a qué ritmo consumir estas grandes historias, pero ya desde los sumerios se viene aconsejando que las cosas "sagradas" tengan un día reservado a la semana. En general, menos es descuido, y más, sobredosis. Pero con flexibilidad... Y la misma "gran historia" (llámese cumpleaños, solsticio, día de la Patria, Navidad, día de tal o de cual...) como mucho una vez al año (curiosamente Hollywood suele ajustar sus grandes producciones de sagas o trilogías a ese ritmo, y en España, la proyección navideña de la gran "Qué bello es vivir" es casi tan tradicional como el turrón...).

La sobredosis de algo produce insensibilización, y eso puede acabar convirtiéndonos en "glotones de historias", o en ridículos compulsivos, sin darnos tiempo a digerirlas, sin permitirles que nos conmuevan e inspiren para luego tratar de construirlas o buscarlas (con los pies en la tierra) en el mundo real. Recuerdo aquí esa reflexión de Chesterton que ya comentaba en otra entrada... 

"Existe una clase de hombres que en realidad prefieren los libros a todo aquello con lo que los libros están relacionados: lugares hermosos, hechos heroicos, experimentos, aventuras, religión. Leen acerca de estatuas de dioses sin avergonzarse de su propia desaliñada e indolente fealdad; estudian los testimonios de actos magnánimos y públicos sin avergonzarse de sus vidas ensimismadas y ocultas. Se han convertido en ciudadanos de un mundo irreal y, como los indios en su paraíso, persiguen con jaurías de sombras un ciervo de sombras".

La segunda es tomárselas en serio: hay que escucharlas sin prisa, y con un buen ambiente libre de distracciones. Pocas cosas hay tan molestas como el sonido de un móvil o de una conversación durante una película de cine, o como ver interrumpida una de esas "grandes historias" con publicidad de productos para la higiene de pies... 

Y la tercera es centrarse en los originales y no en los cientos de imitaciones baratas que solo se parecen superficialmente. Sigo con la analogía entre historias y alimentos: de la misma manera que los alimentos tienen sabores atractivos cuando son sanos y valiosos (nos gusta el dulce sabor de las frutas que aportan energía, el salado sabor de las proteínas y las sales minerales que nos ayudarán a construirnos bien, o el untuoso sabor de la grasa que nos permitirá guardar reservas...) también existen sucedáneos de esos sabores que no son tan sanos (el adictivo y empalagoso uso del azúcar, el hipertensivo empleo de sal o potenciadores del sabor, la ubicua presencia de grasas de baja calidad para dar consistencia a alimentos poco valiosos...). Pues con las emociones y las historias pasa lo mismo. Nuestro tiempo es limitado (el tiempo reservado a consumir historias ha de hacerse compatible con nuestro tiempo para vivir nuestra historia, cuidándonos, cuidando, ejercitando, viviendo...) como limitada es nuestra capacidad de comer. Así que, como prudentes clientes de un buffet libre, ojo con llenar el plato a lo loco, o sólo por lo atractivo del color u olor del alimento... Lo que buscaremos primeramente en las historias no es que exciten emociones, sino que aporten alguno de los tres valores que mencionaba al principio, acompañados del buen sabor de una emoción auténtica.

Si me permites el consejo, busca historias que hayan enamorado a mucha gente. Cualquier lista de "las 10 mejores..." del género que te guste, o simplemente las más taquilleras de cada año, tendrá (en general) buenos alimentos.

Al final, cada uno nos hacemos nuestro propio "menú" de historias. Pero viene bien que algunas de ellas sean lo suficientemente universales como para poder soñar acompañado. Así que si alguien quiere compartir alguna recomendación, bienvenido sea.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Sobre el objetivo de este blog, y el cómo leerlo




Este no pretende ser un blog de psiquiatría erudito. El motivo principal de escribirlo es que, después de unos quince años trabajando como psiquiatra, colaborando con la formación de residentes y de otros profesionales, siguiendo pacientes durante años en consulta privada y, muy especialmente conviviendo a diario desde hace ocho años cada mañana con 30 personas diagnosticadas de enfermedad mental grave en una unidad de rehabilitación, he ido aprendiendo algunas cosas que no se corresponden con lo que leí en su momento en los libros, ni con lo que me enseñaron de residente.

Tengo que aclarar que ni siquiera aspiro a que sea "original". La mayor parte de cosas que escriba en él sólo son "mías" en un sentido teórico (o sea, no directamente copia-pegado), pero en la práctica las he aprendido de los libros de psiquiatría (dejé de leerlos hace mucho tiempo, pero al principio sí estudié, claro está), de mis compañeros de equipo, de mis amigos, de miles de pacientes y familiares, de los medios de comunicación, de internet, de la reflexión, de mi educación en la fe católica, de mis caminatas por el camino de Santiago y mis excursiones teóricas por la heterodoxia, de miles de libros de toda índole (novelas, ensayos, poesía, divulgaciones históricas, filosóficas o científicas, teología, distopías, ciencia ficción, manuales de educación,  manuales de supervivencia zombie...). En fin. Un poco de mucho. Y por eso he decidido volcar ese poco de muchas sencillas reflexiones en torno a la psiquiatría en forma de blog, porque desde que me puse a hacerlo con el vapeo como reducción de daño en tabaquismo (mi otro tema), he descubierto lo eficaz  y cómodo de este modo de explicarme. 


La psiquiatría necesita un cambio. Pero creo más en la evolución que en las revolucionesY como creo en la inteligencia colectiva y en la potencia que tiene Internet como aglutinador de experiencias, y francamente no me veo con fuerzas como para hacer un estudio doble ciego o una tesis doctoral de cada uno de los temas que pienso escribir aquí, pues voy a lo fácil (o quizá sería mejor decir a lo práctico) y trataré de ir desgranando en estas entradas lo que de una manera genérica podríamos llamar reflexiones de sentido común y psiquiatría. Es copyleft, por cierto. Copia lo que quieras, mientras no lo uses con fines comerciales, y cites fuentes.

Espero que sea de utilidad. Y si alguien quiere enriquecerlo con comentarios, bienvenido. 



Para que no parezcan muy surrealistas los títulos, quiero dividir las entradas en ocho bloques. Si pinchas en cada uno, irás a una entrada en la que se reúnen los artículos de cada tema.

1. Entendiendo... lo que sea. Una explicación fenomenológica sencilla de lo principal que vemos en psiquiatría (alucinaciones, ansiedad, delirios, depresiones. etc...), que apunta también a pautas de tratamiento. 

2 Reflexiones: sobre lo psiquiátrico, lo mental, lo humano con cierto humor, o a veces con poesía. Y también un ejercicio de renombrar lo psiquiátrico, procurando no inventar con latinismos cacofónicos lo que ya está inventado: las palabras que hablan sobre lo humano.


3. Breve guía de diagnóstico y tratamiento minimalista: útil para psiquiatras que quieran descomplicarse (y ayudar mejor) y también para pacientes, familiares, jueces, profesores, médicos generales... que miraban la psiquiatría como algo abstruso, pese a que lo psiquiátrico les concierne y mucho.



4. Que la psiquiatría aprenda fuera de la psiquiatría: por qué inventar lo que ya está inventado. Preguntemos a la realidad, a la historia, y a los expertos de verdad.


5. Que la sociedad aprenda de la psiquiatría: ¿por qué no aprovechar el caudal de experiencia de los psiquiatras en lo suyo, el paciente psiquiátrico, y el estilo autocrítico, progresivo, cercano pero firme, de muchos psiquiatras, para extenderlo a la educación, al código civil, etc...? No te asustes por esto. No lo digo con grandiosidad. Pero grano a grano se forman largas playas.



6. Un poco de antipsiquiatría (anti-tontapsiquiatría, en realidad). Con un poco de acidez, y por etapas. No quiero destruir nada hasta que no haya crecido lo que lo vaya a sustituir. Pero de vez en cuando hay que mirar a la herida... y  señalar de vez en cuando paradojas de la psiquiatría, o pensamientos sobre lo cotidiano de nuestro trabajo




7. Compartiendo experiencia real: quince años de trabajo y ocho de ellos en una unidad de rehabilitación dan para mucho. Muchos ensayos y errores. Muchos hallazgos casuales. Muchas intuiciones que el tiempo ha mostrado como eficaces. Muchas lecciones magistrales de los verdaderos maestros: los pacientes veteranos que van bien. Los que tienen conciencia de salud.


8. Versos cantables de psiquiatría: una selección de poemas que, con acordes sencillos, se convirtieron en canciones para algunas de las fiestas de familias que organizamos en la Unidad.



En fin, la psiquiatría se hace poco a poco, como en los versos cantables de la Unidad en la que trabajo...


Y ASÍ CADA DÍA, LUCHANDO POCO A POCO,
TRATANDO DE NO "COMERME MUCHO EL COCO".
A VECES ACIERTO, Y A VECES ME EQUIVOCO,

QUE NO HAY SER HUMANO QUE NO ESTÉ UN POCO LOCO…


poco a poco, sin dar saltos, acumulando conocimiento macerado en experiencia (eso es la sabiduría), y sabiendo que llevamos con nosotros casi todo lo necesario para vivir bien. 

O sea, como las tortugas...







Hablemos de sexo


Voy a tratar de resumir aquí algunas de las ideas que surgieron en una charla que ayer tuve ocasión de mantener en la asociación Psiquiatría y Vida sobre aspectos de la sexualidad en las personas con enfermedad mental grave.

Lo haré dividiendo la entrada en cinco partes: unas consideraciones previas, una aproximación a lo importante de lo sexual en el proyecto de vida, una justificación del valor inmediato de la sexualidad, un breve apunte sobre lo específico de la enfermedad mental, y unas recomendaciones prácticas.




I. Consideraciones previas:

En primer lugar quiero señalar la delicadeza y el respeto con el que quiero abordar esta faceta de la vida. Cuando era pequeño me enseñaron la diferencia entre el pudor y la vergüenza.

Vergüenza es el temor y rechazo a que los demás vean y juzguen algo torpe que tenemos o hacemos.
Pudor es el cuidado y rechazo a mostrar algo delicado y digno ante personas de las que no sabemos si van a tratarlo con delicadeza o de las que ya sabemos que van a tratar eso digno con rudeza.



Pues bien: en este caso, hablar de la sexualidad no es algo que nos debe producir vergüenza, pero sí es algo que nos produce lógicamente pudor en la medida en la que lo consideremos digno, delicado y en ocasiones mal tratable. 

De hecho, lo que me produce cierta vergüenza es lo poco que nos ocupamos los psiquiatras de esta importante faceta de la vida de los pacientes. De todas las dimensiones que tiene la sexualidad (biológica, social, espiritual, familiar, moral, legal, estética, afectiva, comunicativa, reafirmadora de la propia validez, sanitaria, psicopatológica, recreativa, reproductiva...) parece que sólo nos importan sus efectos negativos...



II. Comienzo con una aproximación general:

Voy a comenzar recordando ese esquema de la pirámide de Maslow que de alguna manera resume todos los aspectos de nuestra vida que queremos llenar o saciar: las necesidades básicas, la seguridad, el afecto, el reconocimiento y el sentido.



Pues bien: ya desde antiguo aquellas realidades que tenían profundas implicaciones en nuestra capacidad para rellenar todos esos niveles eran tratadas como sagradas (por ejemplo la limpieza porque evitaba enfermedades, los alimentos, el descanso, la paz...)

Y si hacemos caso a esos dos grandes polos de Eros y Tánathos (dar vida y dar muerte) diríamos que la sexualidad es una de las facetas más sagradas, por cuanto supone la llave para la creación de nuevas vidas y uno de los medios más poderosos para llenarse de vida, o bien motivo de muerte (conflictos, enfermedades venéreas, deformidades por incesto...).



Ocurre que la sacralidad no es algo que tengan las cosas sino algo que la experiencia nos pide que pongamos en las cosas. Abundo en ello en esta otra entrada. Esa necesidad de tratar con sacralidad lo que tiene profundas repercusiones en la vida es mayor si cabe cuanto mayor sea la facilidad con la que la apariencia de inocencia de las cosas nos pueda llevar a tratarlas sin cuidado. No hace falta enfatizar mucho que tenemos que procurar no acercarnos al fuego porque nos quemaremos, y en cambio sí suele ser necesario enfatizar, por ejemplo que esos polvitos blancos que en palabras del rudo Torrente "no saltan, no te escupen,no te queman..." pueden sin embargo convertir la vida en un infierno...



Pues bien: la sexualidad merece ser tratada como sagrada. La experiencia nos lo ha enseñado hace mucho tiempo, en forma de niños sin familias estructuradas cuando no se ha vivido ordenadamente, o de enfermedades venéreas diseminadas por una población cuando no se ha cuidado, o de crimenes pasionales cuando no se ha tratado bien, o de crímenes abyectos cuando la satisfacción propia se busca a cualquier precio (incluido la inocencia de un niño o la libertad de una mujer...)



Por eso la sexualidad ha sido a lo largo de la historia una de las facetas de la vida en las que han convivido dos fuerzas opuestas:

la intensa pulsión de la atracción inmediata

y

la sólida normativización de su práctica

Y la historia de la humanidad ha fluctuado entre el sometimiento excesivo y rígido a unas normas (que en su principio y con sentido común tenían fundamento) y la liberación de dichos tabúes rígidos (al precio en ocasiones de experimentar en carnes propias y ajenas algunos de los dolores que motivaron la creación inicial de dichas normas). 



III. ¿Y por qué ocurre todo esto? 

Pues porque la sexualidad probablemente sea la acción singular que de un modo más intenso nutre al mismo tiempo los distintos niveles de la pirámide de Maslow:

a) la necesidad básica de desahogar una excitación (produciendo un estremecimiento de gusto)

b) la seguridad de consolidar relaciones de apoyo mutuo (con lo cual aporta una inmediata promesa de apoyo futuro)

c) la necesidad de saberse amado y de amar (con el abanico de muestras verbales, tactiles, olfativas, gustativas, auditivas y visuales)

d) la necesidad de saberse válido y reconocido y dar valor y reconocer (ser atractivo para otros es un deseo tan poderoso que una gran parte de la economía actual gravita sobre los atributos, productos, aspectos, sueldos, modas, etc. etc. con el que pretendemos incrementar dicho atractivo).

e) y el sentido... a veces lo hace perder, como nos enseñan algunas historias. Y a veces lo da plenamente, como al bueno de Quevedo...
 


 



IV. ¿Y qué tiene esto que ver  con la enfermedad mental grave?

Ocurre que en la persona con enfermedad mental grave hay un déficit general de casi todas las áreas de la pirámide de Maslow ( siente molestias físicas, se siente inseguro, se siente poco querido y se siente poco valorado). Con lo cual es fácil imaginar que busque con especial avidez las fuentes que de manera inmediata alivian esas carencias. Más específicamente, es fácil que personas con desinhibición en fase maníaca, o con sensación persistente de vacío como en el TLP, o con estados de tensión psíquica muy elevada como en algunas etapas de la esquizofrenia, o en cualquier forma de ansiedad, busquen con avidez en la poderosísima fuente del sexo.

Y el problema no es buscar las fuentes. El problema está en que la experiencia nos dice que solemos pagar precios muy altos por aquello que buscamos con avidez desmedida.

A veces ese precio es meramente económico (gastos en líneas eróticas, gastos en suscripciones a revistas o vídeos, gastos en comercio carnal).

Pero a veces el precio propio es aún mayor (abandono completo de tratamientos necesarios por el hecho de que repercutan en la esfera sexual, ensimismamiento enfermizo y pobretón en prácticas que no enriquecen la vida, limitándose a otorgar un breve desahogo que previamente han retirado por excitación, o abandono de las medidas elementales de autoprotección en relaciones sexuales de riesgo con posibilidad de establecer vínculos asimétricos y de abuso o de adquirir enfermedades venéreas).

En el peor de los casos el precio se puede hacer pagar a otros en forma de sostenimiento de industrias que cosifican la dignidad de las personas (pornografía, trata de mujeres), o de transmisión de enfermedades, o de actos que violan la sagrada intimidad de otra persona sin el permiso de su sagrada libertad, o de embarazos no deseados (que abocan al embrión a su eliminación abortiva, o bien a la criatura nacida a una crianza a costa del esfuerzo heroico de quien vaya a cuidarle, supliendo lo que no hará una pareja que irresponsablemente puso una vida en marcha).



Me remito aquí a otra entrada en la que hablaba de las normas de cuidado y diferenciar entre mandamientos invitaciones. Creo que todos estamos de acuerdo en que la libertad es un bien valiosísimo pero que no es el único valor posible y que cuando entra en colisión con el daño a terceros o cuando está gravemente mermada por una alteración de la capacidad de juicio existe no solo el derecho sino el deber de poner límites a ese daño voluntario a terceros o a ese daño involuntario a uno mismo.



Dicho todo lo anterior, aterrizamos un poco en la casuística de la psiquiatría para que tenga sentido y tengamos claro el norte.



¿Hay que escandalizarse por el hecho de que una persona con enfermedad mental grave utilice de modo recreativo aspectos de la sexualidad que no le dañan ni dañan a terceros y que únicamente suponen daño en el patrimonio? No, no hay que escandalizarse. Hay que leer tal situación como una invitación a quienes la rodeamos a proveerle de fuentes más variadas, más valiosas (y menos costosas) de aliviar sus necesidades básicas de sentirse seguro, de saberse amado, de poder amar, de sentirse válido y de poder reconocer a otros. Y de llevar su vida con sentido.



¿Hay que escandalizarse por el hecho de que una persona con enfermedad mental grave de salida a su natural pulsión sexual de un modo que le ponga así mismo o que ponga a terceros en riesgo físico o psíquico? Pues no, no hay que escandalizarse, pues no es nada nuevo bajo el sol, pero por supuesto que hay que intervenir, como intervenimos cuando el instinto natural de alimentación hace que un niño se lleve un trozo de cristal a la boca, o como intervenimos cuando el instinto natural de autoprotección le lleva a una persona a emplear violencia injustificada contra terceros.



V. Acabo con cinco consideraciones prácticas (aplicables a la enfermedad mental grave, pero en cierto modo a cualquiera de nosotros, pues todos somos sanos en proceso...) :



1. Ayudemos a encontrar cauces poco dañinos para la sexualidad (dado que vivimos en un mundo hipersexualizado, es decir, hiperexcitador de sexualidades no satisfechas). Aquí merece la pena diferenciar entre la aceptación de todo aquello que no produzca, e incluso reduzca, el daño (preservativo mejor que enfermedades de transmisión sexual, pornografía mejor que actos contra otros, anticoncepción mejor que embarazos no deseados, etc...) y el mantenimiento del sano inconformismo de no entender como plenamente bueno (antiguamente dirían no decir bien, no bendecir) aquello que no sea realmente valioso (y lo realmente valioso en sexualidad es una libertad y un buen cuidado que no necesita recurrir a parches como los anteriores: un ejercicio de la sexualidad consentido y con sentido).



2. Ayudemos a reducir en lo posible los estresantes que rodean a la persona con enfermedad mental (el exceso de tensión emocional en el entorno, o los efectos secundarios por tratamientos excesivos, o los síntomas molestos por insuficiente tratamiento) de manera que no sea tan ávida la búsqueda de alivios.



3. Ayudemos a la persona con enfermedad mental grave a lograr práctica de algunas actividades que tengan efecto inmediato relajante a coste cero (por ejemplo, alguna técnica de relajación, alguna oración interior de acuerdo al "idioma espiritual" que le resulte familiar, el paseo, la música...)



4. Ayudemos a la persona con enfermedad mental grave a sentirse más pleno, cultivando fuentes diversas de afecto, validez y sentido en su vida.



5. Y por último, prestemos atención a recoger con empatía el malestar que los efectos secundarios de muchos fármacos en psiquiatría produce en la esfera sexual ,y tratemos con proporcionalidad de atenuarlos (siempre que no se ponga en riesgo el bien mayor de la conservación de la claridad de juicio y de ánimo necesarias para ser libre).

viernes, 3 de febrero de 2017

Los miedos






Existe un mecanismo en los seres vivos (que se ve muy claramente en los niños, pero también se da en los adultos, e incluso en las culturas) que consiste en que, cuando a través de un camino concreto se llega a un fin deseable, se adopta hacia ese camino concreto una querencia de una intensidad desproporcionada al camino pero proporcional a aquello que se obtiene a través de él.

Por ejemplo: cuando un niño descubre el asombro y el gozo que se siente al escuchar un cuento, pide como un adicto que se repita dicho cuento una y otra vez, porque todavía no ha experimentado la vivencia de que se puede llegar a experiencias similares de gozo, asombro e interés a través de otros cuentos. 

De la misma manera, cuando a través de un camino se llega a un efecto claramente indeseable, a menudo se produce una fijación psíquica de manera que aprendemos a sentir aversión desproporcionada a dicho camino, cuando en realidad a lo que tendríamos que tener aversión es al resultado.

Ese es el mecanismo por el que se desarrollan filias y fobias. 

Por eso, si queremos entender el miedo, recordemos de qué nos informa: de que nuestras necesidades básicas, nuestra seguridad, nuestras fuentes de afecto o nuestro reconocimiento están amenazados.

Las necesidades básicas serían todo aquello que hace que su cuerpo esté sano, nutrido, descansado y capaz de actuar. Lo ideal aquí es el término medio (ni hambre ni hartazgo, ni frío ni calor, ni agotamiento ni molicie...).

La seguridad sería todo aquello que ofrece perspectivas presentes y futuras de que las necesidades básicas seguirán pudiendo ser satisfechas (y aquí también en el medio está la virtud, entre el exceso de prudencia cobarde/inseguro, y el defecto de prudencia del temerario o del inconsciente). Son universales los miedos a aquello que compromete nuestra seguridad (la oscuridad, los ruidos fuertes, las imágenes de seres agresivos...)

El afecto sería todo aquello que nos hace sentir agrado (serían como las caricias para el alma, manifestadas a través de palabras, miradas, sensaciones físicas placenteras, compañía, cuidados...).

La validez sería todo aquello que nos hace sentir valiosos (serían como los aplausos para el alma al contemplar otros nuestros talentos, o nuestras acciones).

Pues bien. La dificultad para discernir medios de fines, es decir caminos de metas, explica una gran cantidad de filias y fobias culturales y religiosas a lo largo de los siglos.

Pondré varios ejemplos:

Los antiguos experimentaron el horror de ver amenazadas sus necesidades básicas o su seguridad de muy diversas formas, como por ejemplo las deformidades que surgían como fruto de la consanguinidad, o la misteriosa enfermedad que asolaba a los que comieron cerdo en determinada época histórica en Oriente Medio, o la hambruna a la que se condenaba a la tribu cuando con visión cortoplacista se mataba a una vaca, y sí, se disfrutaba de carne durante unos días, pero se perdía la oportunidad de disfrutar de leche durante años y de tener terneros cada pocos meses... y así se entienden algunas fobias hechas tabú.

Del mismo modo, el temor a las consecuencias a las que alguna vez se llegó por ridiculizar o menospreciar al líder, llevó a muchas tribus tratar con miedo cerval cualquier atisbo de menosprecio a su líder. Esto tiene su lógica, ya que cuando se ridiculiza a aquel cuya obediencia va a permitir se salvan vidas, toda la tribu pierde, pues el mandato del veterano pierde autoridad. Sin embargo, lo cierto es que cuando la autoridad de un líder es genuina, este líder se puede permitir el lujo de ser sencillo, cercano, familiar, incluso motivo de risa genuina con los más pequeños de la tribu... Y a los niños les causan risa los tabúes...


Más recientemente, también en estos tiempos hemos exagerado individualmente las filias o fobias, de modo que hay quien  siente aprensión ante lo rechazable con razón, y que al sentir fugazmente la repulsa de creer que eso se encuentra en un cosa (realmente no merecedora de tanto rechazo), aprende a evitarla en exceso... Y así se desarrollan las neurosis fóbicas, con su ristra de nombres ridículamente prolija...




Y hay quien llega a configurar su personalidad de un modo desmesurado, como el dependiente, que se siente falto de amor  y sólo sabe buscarlo en una cosa  (y en cuanto encuentra una fuente "segura" de amor, dado por una persona, cosa o sustancia, se aferra a ella con fuerza, temiendo perderla). O el borderline, con el miedo compulsivo al abandono de los TLP (lo que se manifiesta en relaciones intensas cambiantes, fluctuando entre el goce de unirse y el miedo a disolverse en la unión, entre el goce de la autoafirmación al separarse y el miedo a la soledad si nadie más le quiere...) o el evitativo/fóbico social, que al sentirse falto de validez y no saber buscarla, teme exponer lo que intuye torpe al juicio ajeno, con miedo compulsivo al rechazo (lo que se manifiesta en evitación intensa de las relaciones, fluctuando entre el deseo de exponerse y el miedo a disolverse en la exposición, entre el goce de la autoprotección al aislarse y el miedo a la insignificancia si nadie le valora...)



En estos tiempos postmodernos, como sociedad, también hemos desarrollado miedos "sociales". Tememos el dolor, cuando no es por amor. Tememos el cambio, cuando no confiamos en nuestro valor para adaptarnos. Tememos al diferente, cuando no le entendemos. Y tememos perder lo que amamos, cuando amamos pocas cosas de verdad. Pero lo que tendríamos que temer con profundo estremecimiento es el frío de no amar...... 



¿Y qué hacer, entonces, con el miedo?

Quizá ese término medio aristotélico en el que el filósofo decía que se hallaba la virtud nos aconseja evitar las fobias a los caminos y sustituirlas por precauciones, y evitar las filias a otros caminos y sustituirlas por cariños. Y para ello, viene bien templar el estado de activación que produce (y es producido) por el miedo: la ansiedad. Tienes una entrada completa al respecto.


Por eso, no hay que desprenderse completamente del miedo. Viene bien conservar una elevada repulsa por lo abominable (el Dolor sin consuelo, la Insensibilidad ante lo importante, la Burla ante lo digno, la Adoración de lo trivial...) pero ir acostumbrándose a no abominar el hecho de que algo, alguna vez, haya llevado a lo abominable. No abominar todos los dolores, ni todas las insensibilidades, ni todas las burlas, ni todas las pequeñas y tiernas adoraciones, porque a veces son caminos oportunos e incluso necesarios.

Hay que mirar al miedo a los ojos, vencer el bloqueo que nos produzca y luego... decidir si actuamos contra lo que lo produce, o lo dejamos estar.

Termino diciéndolo en verso...


Libertad es romper las cadenas y  atarse a la gente,
caminar con el paso valiente  de un bravo guerrero,
 encontrar ese olor diferente
 que sólo se siente
 en el aire sincero.


Libertad es que digan ¿por qué?
 y contestar: Porque quiero.




Libertad es seguir una huella
sin dejarse vencer por el miedo
y soñar las canciones más bellas
porque en las estrellas
sueño cuanto quiero.


 Libertad es sentir hasta pena  

 por los pobres con mucho dinero
 Libertad es salir a la escena
 y ver que está llena
 de gente que quiero.


 Libertad es saltar por encima
 de las piedras que habrá por el suelo.
 Seguir siempre camino a la cima
 sabiendo que arriba
 te aguarda un te quiero.

  

Libertad es romper las cadenas y  atarse a la gente,
caminar con el paso valiente  de un bravo guerrero,
 encontrar ese olor diferente
 que sólo se siente
 en el aire sincero.


Libertad es que digan ¿por qué?
y contestar: Porque Quiero.